El tiempo, y un reloj, allá donde estemos

A mucha gente le gusta establecer diferencias entre «los animales» y «las personas». Ninguno de ellos entiende que no son dos categorías separadas; sobre todo si nos comparamos con otros mamíferos. Teorías religiosas y creacionistas aparte, los seres humanos somos frutos de una evolución, de un continuo, y pertenecemos al mismo espectro que otras especies. En otras palabras, somos lo mismo, pero la naturaleza nos ha permitido evolucionar. ¿Cómo? Pues construyendo herramientas, desarrollando por consiguiente el cerebro, y aprendiendo a crear cultura. Sí, la cultura podría utilizarse para establecer esas principales diferencias entre los seres humanos y los animales, pero no nos creamos demasiado especiales.

Aun así, una de las claves de esta diferencia, si les apetece seguir con el debate, es justamente el pensamiento abstracto. La autoconciencia nos lleva a dar nombre a todas aquellas cosas que sabemos que existen pero que no entendemos del todo, como la vida, la muerte o el tiempo. De hecho, si lo piensan, los seres humanos conceptualizamos la vida entera sobre la base del tiempo. Algo tan básico como comprarnos un reloj en España ya indica una realidad innegable: las personas necesitamos ejercer cierto control sobre el paso del tiempo, pues la vida no es eterna y todas las cosas tienen un principio y un final. De hecho, incluso para reuniones tan aparentemente superficiales, como una cena con los amigos en la Gran Vía, para la cual hemos decidido adquirir un reloj en Madrid, el tiempo es fundamental. Esa cena tiene un principio, una duración determinada y un final.

Podemos seguir hasta el final ejemplificando con planes cotidianos del día a día. Mucha gente, por ejemplo, se compra un reloj en el Barrio de Salamanca, tal vez en alguna relojería de tasación y de compraventa de relojes de calidad,para actos sociales más informales, como ir al cine. Incluso la película tiene una duración concreta, y la tenemos que tener en cuenta para saber si podemos ir a verla o no. En resumen, sin tiempo, no somos nada, y eso es precisamente lo que nos convierte «personas». Somos demasiado conscientes de su existencia.

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